¿Qué hacemos al dedicar este templo? En el corazón del mundo, ante la
mirada de Dios y de los hombres, en un humilde y gozoso acto de fe,
levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un
inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta
obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya
gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y
de Aquel que es la Luz, la Altura y la Belleza misma.
En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los
tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y
como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada
Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la
historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y
actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana
dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza
divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante
los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión,
muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a
la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a
Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de
las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia
humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y
apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como
Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras,
trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del
hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos
de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque,
como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca
del egoísmo.

Hemos dedicado este espacio sagrado a Dios, que se nos ha revelado y
entregado en Cristo para ser definitivamente Dios con los hombres. La
Palabra revelada, la humanidad de Cristo y su Iglesia son las tres
expresiones máximas de su manifestación y entrega a los hombres. «Mire
cada cual cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya
puesto, que es Jesucristo» (1 Co 3,10-11), dice San Pablo en la segunda
lectura. El Señor Jesús es la piedra que soporta el peso del mundo, que
mantiene la cohesión de la Iglesia y que recoge en unidad final todas
las conquistas de la humanidad. En Él tenemos la Palabra y la presencia
de Dios, y de Él recibe la Iglesia su vida, su doctrina y su misión. La
Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e
instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total
servicio a su mandato. El único Cristo funda la única Iglesia; Él es la
roca sobre la que se cimienta nuestra fe. Apoyados en esa fe, busquemos
juntos mostrar al mundo el rostro de Dios, que es amor y el único que
puede responder al anhelo de plenitud del hombre. Ésa es la gran tarea,
mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y
no de coacción, de concordia y no de discordia. En este sentido, pienso
que la dedicación de este templo de la Sagrada Familia, en una época en
la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si
ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado.

Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del
hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él,
en volver al origen que es Dios. Él mismo, abriendo así su espíritu a
Dios ha sido capaz de crear en esta ciudad un espacio de belleza, de fe y
de esperanza, que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y
la Belleza misma. Así expresaba el arquitecto sus sentimientos: «Un
templo [es] la única cosa digna de representar el sentir de un pueblo,
ya que la religión es la cosa más elevada en el hombre».
Esa afirmación de Dios lleva consigo la suprema afirmación y tutela de
la dignidad de cada hombre y de todos los hombres: «¿No sabéis que sois
templo de Dios?… El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros»
(1 Co 3,16-17). He aquí unidas la verdad y dignidad de Dios con la
verdad y la dignidad del hombre. Al consagrar el altar de este templo,
considerando a Cristo como su fundamento, estamos presentando ante el
mundo a Dios que es amigo de los hombres e invitando a los hombres a ser
amigos de Dios. Como enseña el caso de Zaqueo, del que se habla en el
Evangelio de hoy (cf. Lc 19,1-10), si el hombre deja entrar a Dios en su
vida y en su mundo, si deja que Cristo viva en su corazón, no se
arrepentirá, sino que experimentará la alegría de compartir su misma
vida siendo objeto de su amor infinito.

La iniciativa de este templo se debe a la Asociación de amigos de San
José, quienes quisieron dedicarlo a la Sagrada Familia de Nazaret. Desde
siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado
como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este
templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio
vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las
condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado
enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales. No podemos
contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los
progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya
que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco
eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su
alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural. Sólo donde
existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad.
Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales
para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena
realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y
forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que
se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el
momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada,
valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la
Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y
apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución
familiar.
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