| Agustin Núñez Delgadillo |
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"La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente" (San Juan Pablo II)
lunes, 30 de julio de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
Miguel Angel Buonarroti
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| Sibila Délfica. Capilla Sixtina |
CVII
Mis ojos, que codician cosas bellas
como mi alma anhela su salud,
no ostentan más virtud
que al cielo aspire, que mirar aquellas.
De las altas estrellas
desciende un esplendor
que incita a ir tras ellas
y aqui se llama amor.
No encuentra el corazón nada mejor
que lo enamore, y arda y aconseje
que dos ojos que a dos astros semejen.
como mi alma anhela su salud,
no ostentan más virtud
que al cielo aspire, que mirar aquellas.
De las altas estrellas
desciende un esplendor
que incita a ir tras ellas
y aqui se llama amor.
No encuentra el corazón nada mejor
que lo enamore, y arda y aconseje
que dos ojos que a dos astros semejen.
MIGUEL ANGEL BUONARROTI
Texto extraído de Rimas (1507-1555), de la editorial Pre-Textos, compilado por Manuel J. Santayana Ruiz
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jueves, 24 de mayo de 2012
La belleza es un valor del ser
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| Irena Sendler |
"¿No es, también, la belleza un atributo del ser? No, responden unos, puesto que belleza implica orden, armonía, y en consecuencia variedad o diversidad; luego la belleza es un atributo del mundo de lo finito y, en particular, del mundo material.
Sí, sustentan otros, ya que la belleza no es sino 'la bondad de la verdad' (splendor veri); la belleza es la verdad en cuanto que es amabre o apetecible.
Nos parece que unos y otros están equivocados. Los primeros, por negarse a relacionar la belleza con los valores supremos, con los valores metafísicos. Los segundos, al no darse cuenta de que, en el plano metafísico, la belleza se identifica con el bien y no constituye un atributo distinto del de la amabilidad del ser.
Si consideramos el apetito humano completo, descubrimos 'tendencias' complejas, a las que corresponden 'valores' múltiples por parte del objeto del apetito. A la curiosidad de conocer responde la verdad; a la tendencia hacia el fin último de la persona responde el bien moral; al sentimiento estético responde la belleza, armonía de las cosas; a las tendencias biológicas responden los valores biológicos; a las necesidades de dominar la materia responden los valores técnicos; al instinto de poseer responden los bienes materiales. El placer de conocer no es el placer de poseer, ni el placer de contemplar la belleza, ni el gozo espiritual que pueda acompañar al amor de Dios, ni la satisfacción del deber cumplido.
En el plano metafísico, todas estas distinciones se desvanecen, por no quedar mas que dos términos en presencia: ser y voluntad, ser inteligible y apetito intelectual. La apeticibilidad del ser en cuanto ser y la del ser en cuanto verdad coinciden, puesto que para la voluntad en cuanto tal no hay dos maneras de gozar de lo que existe, sino una sola: la manera intelectual; la voluntad goza del ser poseído por la inteligencia; no podría gozar de otra manera. Al igual que no hay dos maneras de poseer el ser en cuanto tal, sino una sola: la intelectual. Por su parte, la amabilidad del ser es el fundamento último de todos los valores humanos, especialmente del bien (moral) y de la belleza" FERNAND van STEENBERGHEN Ontología. Editoral Gredos (1965)
miércoles, 23 de mayo de 2012
La santidad y la belleza transforman al mundo. Joseph Pierce
"El
mejor modo de transformar el mundo es ser santo: hacer llegar a todos
la experiencia del amor de Dios. Pero es necesario insistir siempre en
la racionalidad de la fe. Para mí y para muchos conversos el camino
hacia Dios ha venido precedido de un proceso intelectual, siempre
acompañado de la sanación del corazón por la Gracia. Pero en un mundo
post-racional, donde la cultura está impregnada de relativismo,
probablemente el modo más eficaz para hacer llegar el mensaje cristiano
sea la fuerza de la belleza. La contemplación de la belleza lleva al
agradecimiento, y eso plantea la pregunta ¿a quién debo estar
agradecido?, que es un primer paso que orienta hacia un modo correcto de
pensar".
JOSEPH PIERCE Foro Univ 2012 Coloquio Literatura y conversión: el poder de la belleza Fuente: Almudi
El poder moral de la belleza
“A quien no haya descubierto el poder de la belleza le aconsejaría dos
cosas: que lea el libro de Magdalena Bosch y que escuche con los ojos
cerrados un concierto de Mozart para violín y orquesta. Y después,
hablamos”
Cuando tratan sobre la vida moral, los expertos
insisten una y otra vez en la importancia de conocer la verdad y de amar
el bien. ¡Lo verdadero y lo bueno! Pero son muy pocos los que
relacionan la vida moral con la belleza.
Hace unos días expresé esta preocupación a un profesor de ética. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente:
«Creo que la belleza tiene muy poca importancia para la ética. Una
persona puede tener una gran sensibilidad estética, extasiarse con una
puesta de sol, y ser, al mismo tiempo, una persona imprudente, injusta,
destemplada y cobarde».
«Sí —le dije—, pero pasa lo mismo
con la verdad. Una persona puede tener profundos conocimientos sobre la
verdad práctica, sobre lo que está bien y lo que está mal, y ser, al
mismo tiempo, una persona imprudente, injusta, destemplada y cobarde».
«Bueno, no es lo mismo. Para ser buena persona, es preciso saber cómo
ser buena persona. En cambio, no es necesario tener sensibilidad para la
belleza».
Ahí lo dejamos.
Pero después dediqué un rato a
eso que tanto nos cuesta: pensar. Me vino a la cabeza una media-virtud
moral: la honestidad. Digo “media”, porque los grandes expertos no la
consideran una virtud en sentido pleno, sino más bien una “pasión”.
(Un
paréntesis: si alguien busca la palabra honestidad en Google, le
aconsejo que vaya prevenido: comprobará que en muchos artículos se
identifica con la sinceridad, que es el significado que actualmente ha
adquirido. No deja de ser una pena, porque quiere decir que muchos han
perdido el sentido genuino de este concepto).
Honestidad, en su
sentido genuino, es el amor a la belleza moral. Y ahora, ahí va un
párrafo de un experto de verdad en cuestiones éticas: «La belleza, en
efecto, puede encontrarse en sentido analógico en los asuntos morales,
es decir en las acciones humanas. Una acción humana es bella cuando
manifiesta el resplandor de lo inteligible en lo sensible, o sea el
orden de la razón en los impulsos pasionales. Si estos impulsos
pasionales se sustraen al dominio de la razón, no son humanos, sino
bestiales e infrahumanos, y eso es lo que constituye la torpeza o
fealdad moral. En cambio, si resplandece en ellos la moderación y el
orden de la razón, la conducta humana es entonces decente, decorosa,
moralmente bella, digna de honor. Y el amor de esa belleza moral es lo
que constituye la honestidad» (J. García López).
Después me vino a
la cabeza una frase más sencilla, que utilizan sabiamente muchas madres
para corregir a sus hijos: «No hagas eso, que es feo» (No dicen “malo”,
sino “feo”). Ojalá que la pedagogía moral siguiera también ese rumbo…
El
sentido de lo bello está íntimamente unido al sentido de lo bueno y lo
verdadero. A pesar de lo que decía el profesor de ética, pienso que
prescindir de la belleza es como prescindir de un sentido (la vista, el
tacto, el olfato… todos son importantes).
Seguí pensando un poco
más gracias a una aspirina, y recordé un gran libro: “Carta a los
revolucionarios bien pensantes”, de André Piettre. Su tesis es la
siguiente (y perdón por simplificar tanto): a un fondo bueno,
corresponde una forma bella. Si cambia el fondo, cambia la forma. Pero
—y esto es lo que quiero subrayar—, si cambia la forma, cambia también
el fondo.
Dicho de otro modo: si es usted una persona con un
fondo moral muy bueno, pero se permite unas formas externas feas, tarde o
temprano perderá usted ese fondo moral. La forma arrastra consigo al
fondo.
Miré hacia mi biblioteca. Allí estaba otro libro
interesante: “Cómo tomar decisiones”, de Peter Kreeft. No necesité
abrirlo. Recordaba muy bien lo que dice sobre la música. En resumen
(perdón de nuevo): la buena música ayuda a ser buena persona; con la
mala música, sucede lo contrario.
¡Ah, C.S. Lewis! En “Las cartas del diablo a su sobrino”, un diablo aconseja vivamente a otro que no
permita que su “paciente” escuche buena música o pase largos ratos en
silencio, porque ambas cosas son muy peligrosas: pueden llevar a Dios.
Por eso el infierno está empeñado en convertir el mundo en un gran
ruido…
¿Siempre pensamos con el apoyo de algún libro? No sé, pero
no se puede pensar en vacío. Necesitas la ayuda de otros para conocer
la verdad. Tal vez por eso me vino a la cabeza un libro más. ¿Uno más?
No. No es uno más. Porque no he encontrado un libro tan breve y sencillo
que hable con tanta profundidad de la belleza. Se titula El poder de la belleza, de Magdalena Bosch, y acaba de ser publicado por la editorial EUNSA, en
la colección Persona y Cultura. Lo considero una pequeña obra de arte.
Tal vez todo lo que he dicho lo dice también la profesora Bosch, pero
mejor dicho. Y no solo habla de la belleza moral, sino también de otros
tipos de belleza. Cuando acabé de leerlo decidí regalárselo con todo mi
afecto al ya mencionado profesor de ética.
A quien no haya
descubierto el poder de la belleza le aconsejaría dos cosas: que lea el libro de Magdalena Bosch y que escuche con los ojos cerrados un
concierto de Mozart para violín y orquesta. Y después, hablamos" Profesor Tomás Trigo. Facultad de Teologia. Universidad de Navarra
lunes, 21 de mayo de 2012
Las virtudes teologales. Jacques Phillipe
LAS VIRTUDES TEOLOGALES
"Sólo
podremos adquirir la libertad interior en la medida en que desarrollemos el
ejercicio concreto de estas virtudes.
Lamentablemente,
en el lenguaje actual la palabra «virtud» ha perdido mucho de su significado.
Para entender éste correctamente, es preciso acudir a su sentido etimológico:
en latín «virtus» quiere decir «fuerza».
La virtud
teologal de la fe es la fe en tanto que es para nosotros una fuerza. La
epístola a los Romanos nos dice a propósito de Abraham: Ante la promesa de
Dios no dudó dejándose llevar de la incredulidad, sino que confortado por la Fe,
dio gloria a Dios, persuadido de que poderoso es El para cumplir lo que
prometió[1].
De igual
modo, la virtud teologal de la esperanza no es una vaga espera difuminada y
lejana, sino esa certeza respecto a la fidelidad de Dios, que cumplirá sus
promesas; una certeza que confiere una inmensa fuerza. En cuanto a la caridad
teologal, podríamos decir que es la valentía de amar a Dios y al prójimo.
Estas tres
virtudes teologales constituyen el dinamismo esencial de la vida cristiana. Es
indispensable conocer el papel que desempeñan, llamar la atención sobre ellas y
convertirlas —a ellas, y no a otros aspectos secundarios, como ocurre en
ocasiones— en el centro de toda la vida espiritual. La madurez del cristiano es
su capacidad para vivir de fe, de esperanza y de caridad. Ser cristiano no es
frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes;
ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de El y querer
amarle a El y al prójimo de todo corazón. Todos los demás aspectos de la vida
cristiana (la oración, los sacramentos, todas las gracias que recibimos de Dios
—incluidas las experiencias místicas más sublimes—) no persiguen más que un
solo fin: aumentar la fe, la esperanza y la caridad. Si no es éste su
resultado, no sirven absolutamente para nada.
El Nuevo
Testamento —y especialmente las cartas de San Pablo— esclarece mucho el
dinamismo de la fe, la esperanza y la caridad, estableciéndolas como el centro
de la existencia cristiana. Dirigiéndose a los cristianos de Tesalónica, el
Apóstol confiesa acordarse sin cesar ante nuestro Dios y Padre, del
ejercicio de vuestra fe, del esfuerzo de vuestra caridad y de la constancia de
vuestra esperanza en nuestro Señor Jesucristo[2].
En la lucha interior (otro tema muy querido de San Pablo) las armas del
cristiano son fundamentalmente estas mismas virtudes teologales: seamos
sobrios, revestidos con la coraza de la fe y de la caridad, y con el yelmo de
la esperanza de salvación[3].
Hagamos
notar que las virtudes teologales desempeñan un papel clave en la vida
espiritual, pues constituyen un medio privilegiado de colaboración entre
nuestra libertad y la gracia divina. Todo cuanto hay de positivo y de bueno en
nuestra vida procede de la gracia divina, de la acción gratuita e inmerecible
del Espíritu Santo en nuestros corazones. Pero esta gracia sólo puede ser
plenamente fecunda en nosotros si cuenta con la cooperación de nuestra libertad.
«Os he creado sin vosotros, pero no os salvaré sin vosotros», decía el Señor a
Santa Catalina de Siena.
Así pues,
las virtudes teologales son a la vez, misteriosa pero realmente, un don de
Dios y una actividad del hombre. La primera cita extraída de la
carta a los Tesalonicenses que acabamos de mencionar así lo manifiesta
claramente. La fe es un don gratuito de Dios: nadie puede decir «Jesús es el
Señor» sin que el Espíritu Santo se lo conceda. Pero, al mismo tiempo, es
también una decisión del hombre, un acto de adhesión voluntaria a la verdad que
proponen la Escritura y la Tradición de la Iglesia.
Este
aspecto voluntario aparece más marcado aún en momentos de duda y tentación.
«Creo lo que quiero creer», decía Santa Teresita del Niño Jesús en la prueba
final de su vida, y sobre el corazón llevaba escrito con su sangre el Credo.
Habrá ocasiones en que la fe sea espontánea, pero no debemos olvidar que se
trata de un acto, una adhesión voluntaria de nuestra voluntad a la palabra de
Dios, que a veces exige un gran esfuerzo. Creer no siempre «sale solo»: hay
momentos en que es preciso armarse de valor para cortar por lo sano con dudas y
vacilaciones. No obstante, no olvidemos que, cuando hacemos un acto de fe,
éste sólo es posible porque el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad[4].
Igualmente,
también la esperanza constituye una elección que a menudo requiere un esfuerzo.
Es más fácil inquietarse, temer o desanimarse, que esperar. Esperar es dar
crédito: una expresión que indica claramente cómo en la esperanza no hay
pasividad, puesto que implica un acto.
En cuanto
al amor, también éste es una decisión: quizá cuando el deseo nos empuja a ello,
el amor surja de modo espontáneo, pero muy a menudo amar significa «elegir»
amar o «decidir» amar. De otro modo, el amor sólo sería emoción,
superficialidad o egoísmo, y no lo que esencialmente es, es decir, algo que
compromete nuestra libertad.
Dicho esto,
es siempre con la mediación de un acto de Dios (oculto o perceptible) como la
fe, la esperanza y la caridad se hacen posibles[5].
Las virtudes teologales nacen y crecen en el corazón del hombre gracias a la
obra y a la pedagogía del Espíritu Santo".
[1] Rom 4, 20
[2] 1 Tes 1,3.
[3] 1 Tes 5, 8.
[5] La cuestión de fondo que recorre estas reflexiones es la siguiente:
¿cómo un acto humano (el acto de creer, de esperar o de amar) puede ser un acto
plenamente humano, libre y voluntario, a la vez que un don gratuito de Dios, un fruto de la acción del Espíritu Santo
en el corazón del hombre? En este punto tocamos el profundo misterio de la
«interacción» entre la actividad de Dios y nuestra libertad, un problema
espinoso tanto en el plano filosófico como en el teológico. Sin adentrarnos en
él, diremos simplemente que no existe contradicción entre el obrar de Dios y la
libertad humana: Dios es el Creador de nuestra libertad y, cuanto más influye
Él en nuestro corazón, más libres nos hacemos. Los actos que realizamos bajo la
acción del Espíritu Santo provienen de Dios, pero son también actos plenamente
libres, plenamente queridos y plenamente nuestros. Porque Dios es más íntimo a
nosotros que nosotros mismos
Tomado del libro "La libertad interior", de Jacques Philippe. Editorial Patmos 2010
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